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El cuerpo que ya no reconoces.


“Es que son los años”.

Es una frase que escucho al menos diez veces por semana en consulta.

Tan común que casi pasa desapercibida. Sin embargo, detrás de ella suele esconderse algo más profundo que el simple paso del tiempo: la idea de que el cuerpo ya no es capaz, de que inevitablemente está destinado al deterioro y de que poco queda por hacer.

Con el tiempo, esa creencia puede transformarse en algo peligroso: miedo al movimiento. Miedo a volver a confiar en el cuerpo. Miedo a descubrir que quizá no fueron únicamente los años los que nos trajeron hasta aquí, sino también los hábitos, el estrés acumulado, las largas jornadas sentados, el movimiento que dejamos de hacer y la poca atención que hemos prestado a las señales que el cuerpo nos ha enviado durante años.

Hablamos del envejecimiento como si fuera una sentencia.

Como si cumplir años implicara renunciar a ciertas capacidades, abandonar proyectos o aceptar que el dolor es una parte inevitable de la vida.

Pocas veces nos detenemos a pensar que el envejecimiento también puede ser una oportunidad para hacer las cosas de manera distinta.

Tal vez ya no podamos hacer exactamente lo mismo que hacíamos hace veinte años. Pero eso no significa que no podamos seguir aprendiendo, adaptándonos o desarrollando nuevas capacidades.

Sin embargo, solemos vivir mirando hacia atrás.

Escucho con frecuencia frases como:

“Antes esto no me pasaba.”

“Antes tenía más energía.”

“Antes podía hacer ejercicio.”

“Antes no me dolía.”

Y aunque es natural recordar el pasado con cierta nostalgia, quedarse a vivir ahí tiene un costo. Cuando toda nuestra atención está puesta en recuperar la versión anterior de nosotros mismos, dejamos de conocer a la persona que somos hoy.

Pablo d’Ors escribe en Biografía del silencio que solemos estar demasiado enamorados del drama de nuestra propia historia. Creo que algo parecido ocurre en rehabilitación. Muchas personas viven intentando recuperar exactamente el cuerpo que tenían hace diez o veinte años, en lugar de aprender a habitar el cuerpo que tienen hoy.

Y quizá ahí se encuentra una de las dificultades más grandes.

El cuerpo cambia.

Cambia con los años, pero también con el trabajo, las responsabilidades, las pérdidas, el estrés, las decisiones que repetimos durante décadas y las experiencias que nos van moldeando.

Esperar que el cuerpo permanezca intacto mientras todo lo demás cambia es una expectativa difícil de sostener.

Eso no significa resignarse.Significa aceptar la realidad presente para poder trabajar sobre ella.

Porque la buena noticia es que el cuerpo sigue teniendo una enorme capacidad de adaptación. Lo veo todos los días en personas que llegan convencidas de que ya no pueden hacer ciertas cosas y que, poco a poco, descubren que todavía son capaces de aprender, fortalecerse, moverse y recuperar confianza.

Quizá el cuerpo ya no sea el mismo de hace diez años.

Eso es cierto.

Pero tampoco tienes las mismas responsabilidades, las mismas preocupaciones ni la misma historia.

La pregunta entonces no es cómo recuperar el cuerpo que tenías.

La pregunta es si estás dispuesto a conocer el que tienes hoy.


Maximiliano Munguía.


 
 
 

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